HOMENAJE A
él, al mejor de los Jorges.
Cuévano
es matriz, útero, abismo donde se deposita la semilla del placer –y del saber-
lugar de encuentro y eclosión sitio perfecto para inseminar la vida e invocar
el espíritu, lugar de leyenda, la famosa capital de nuestro universo y en
definitiva, sitio perfecto para el amor. Aquí se viene a ganar o perder
intelecto, se gana por amistad, se pierde por enemistad, pero todos felices.
Cuévano,
recinto de cosas secretas, hórridas figuras hoy de belleza revestidas, hoy, la
violencia y el amor duermen juntos, salen al encuentro de la noche oyendo los
rumores de niños que gritan, ansiosos por nacer, bajo el influjo de esta magia,
poseídos, por este espíritu. El festival es germen de pasión, avalancha de
notas de páginas leídas, imágenes expuestas por la más grande de la soberbia
humana, la decantación y el gusto por el arte.
Somos
legión, presumirán más tarde (los futuros dueños de la vida), regidores y
comisarios de cultura, todos, bien paridos y mejor nacidos y de cuya
ascendiente brotará la mayor luz, porque su gestación tuvo lugar en un recinto
sagrado, entre los acorde de un cuarteto de cuerdas y un cello, la sonora
vibración de miles de gargantas que cantan a coro o recitan coplas en honor de
los dueños de la noche, de los eternos vigilantes del sueño. Prendida la piel
con alfileres, retenida la respiración y suspenso el aliento. Esta música –me sabe
a gloria—y la lectura de la sagrada escritura del eterno señor nuestro, de
presencia nítida, de melancólica figura, de sosegada apariencia reflejada en
los miles de rostros que lo multiplican cada vez que lo sueñan, lo mismo
dibujado en un verso, que grabado en un tapiz.
En aquel
escenario la encontré, iba, como todas, caminando desnuda, no de ropa, sino de
alma, la cabeza levantada, me hizo fijarme en el orgullo que debe sentir toda
mujer que se sabe dueña de un destino, y fecundadora del amor. Antes de que se
inventaran los cantos fúnebres o se patentaran las letanías que alaban la
miseria, esta niña –no tendría más de catorce años- de celebrar cada octubre
una de las mayores fiestas alusiva al amor fraternal y capaz de hacernos
olvidar el peor de los agobios. Terminó por enamorarme, al descubrir ante miles
de congregantes, el profundo sentido de locura y soledad que guarda y encierra
en sus relatos, nuestro insigne autor.
Ya juntos,
hallar la mejor de las dichas, encontrar el verdadero sentido de la celebración
–quedarse quietos—pasar desapercibidos para gozarse en los placeres de la
divina contemplación. Todos en busca del amor, y el arte, excitados, jadeantes,
fugitivos, y perversos, encantadoramente adorables, confusamente fatigados,
ciegos cargadores de la erudición de un labriego, todos, a ciegas, buscando aparejarse, en plena remisión de los
sentidos, en la máxima presencia del dolor o la virtud (ciegos a secas)
murmuradores, perjuros, hipócritas y diletantes jóvenes, muchos jóvenes que terminarán
inmolándose. Eso que vi es apenas una
vaga figura del exceso, porque la mejor dicha es pasajera y el mejor olvido es
el que se teje durante el día y se desteje no antes de las dos de la madrugada –con
un poco de asco—y mucha sed. ¡Arriba todos! Que la vida es corta, ¡arriba! Porque
el ingenio de nuestro profeta no descansa. Al alba, se levanta y pasea por las
plazas, temprano, canta desde los balcones de hierro forjado y habitaciones que
se cansaron de esperar a un buen inquilino, y el loco incienso se fatigó
admirando la penumbra humeante, y los viajeros nocturnos se durmieron
abrazados, tumbados en la hierba de cualquier parque público, casi al amanecer,
el frío los sacudió, intrigado de tanto poder, ¡qué bonito vómito! ¡Qué suave
lepra! Esta, la del alma, aquel día regresaron los mitos, surgió un nuevo sol y
a todos nos encontró durmiendo y despertando, porque la vida, esta vida, a
pesar de lo que se diga, es corta, apenas un destello, patíbulo, coloquio
espiritual que se renueva y encarna a cada paso, un encuentro sin discurso…
…hemos
venido aquí, con el propósito de buscar la sensibilidad por el arte. Todos los
presentes amamos la cultura (aplausos) Cada noche la grieta crece, la
sensibilidad se expande y nosotros nos abismamos en el misticismo de un
encuentro en torno al mayor de los misterios: el del vino y la palabra,
aderezado con la música más selecta…
…Asistimos
al encuentro de la pasión de un hombre que no despreció el sufrimiento
(aplausos). Gocemos el encuentro, celebremos la fiesta del espíritu de nuestro
señor, vivamos su presencia y pongamos de manifiesto su pensar, sean todos
bienvenidos. Nunca olvidaré aquellos momentos, me sentía fuera de mí, como
arrebatado, y sacado de este mundo, un indescriptible deleite me invadía, en
él, cada uno de los sentidos se había preparado, aguzándose. Existen nociones
que, sin duda se me escapan, cosas que quisiera describir, emociones,
sensaciones, pensamientos, para dar una mayor intensidad a lo dicho.
Cuévano,
aquí nace, crece y se reproduce la fascinación por el equilibrio y la forma
geométrica, geometría como ciencia del conocimiento
del ser… la geometría que conducirá al alma hacia la verdad (libro séptimo).
Aprendimos a coexistir en la salud y la enfermedad, en la pobreza y riqueza del
alma (o la vida en un país, síntesis de uno de los más grandes misterios del
universo).
Octava
Estación. ¿Qué más pude hacer por ti? Crecimiento
y forma –proporción—cada tricotomía es un asunto de fe, aquí, las formas
geométricas aluden a la eternidad, a la figura arquetípica, aquí nos conocimos,
y nos hablamos, había pensado en regalarte (ya resuelta) la teoría de la
mentira. Había imaginado –pobre de mí—que envejeceríamos juntos, viendo jugar a
nuestros nietos, sin otro soporte que un rectángulo con líneas horizontales que
marcaran los límites, sin pensar jamás en justificarme, sin sentirme agredido o
molesto.
Novena
estación, a estas alturas la desnudez tiene otro sentido, un significado
distinto, nos une el tiempo, la ausencia, la acumulación de juventud. Cada noche
te sueño, sin amigos, sin pasado, sin teorías. Antes de conocerte aprendí a
mentir, luego, lo usé, lo hice parte esencial de mi personalidad, nunca superé
el nivel de principiante.
Décima
estación. Nací ciego, los clavos magnificaron mi dolor, pero me dieron nueva
luz (veo con los pies o con las manos veo con la piel-soy todo ojos. Estoy muy
cerca del secreto de la germinación, de sentir en lo más profundo de mi ser, la
metamorfosis de las plantas, ser ciego y ser amado, ese es mi ideal.
Undécima
Estación. Hoy amanecí anguila, no tengo necesidad de competencia discursiva, o
saber manejar el uso de alegorías. Mientras él muere, yo ayudo en el nacimiento
de mi primogénito, él será como un mago, conocerá el color, nacerá con los ojos
inundados de luz, será dueño de todos los misterios, se cargará de una poderosa
intuición, será un maestro en la producción e interpretación de signos, un gran
amante de códigos, nuevos y antiguos, él tendrá posesión del abismo de la
semilla y pasión por los arquetipos.
Duodécima
Estación. ¿Quién inventó la belleza? El descendimiento como figura estética. Este
pueblo creció al amparo de un capricho de la naturaleza fue ella quien lo hizo
y quien le dio la forma y proporción que ahora a todos maravilla, en este
escenario natural el espíritu viaja libre, cada línea es una manifestación
exacta de la proporción –el color es un verbo—un lugar de fusión para cuerpo y
alma. El año, no lo recuerdo, pudo ser cualquiera, o pudo no ser ninguno,
exactamente, me da igual.
No hay comentarios:
Publicar un comentario