domingo, 9 de septiembre de 2012

instilando la palabra-pretextos-plagiador

la reforma
forma
y yo
señores
debo admitir que soy un despistado.

oído al pasar. un texto reproducido por la memoria
prodigiosa de lucas lucatero.


FUNES el Memorioso (cuento, texto completo) 
escrito por Jorge Luis Borges 
        
  Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un 
hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria 
en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del 
día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y 
aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos 
afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la 
Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago 
paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del 
orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, 
en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron 
escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, 
pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición 
de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, 
cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas 
injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él 
esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los 
superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que 
olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables 
limitaciones. 
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o 
febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo 
volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos 
cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un 
día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La 
alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la 
esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos 
una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba 
entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi 
secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y 
rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las 
alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. 
Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?"". Sin consultar el cielo, 
sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo 
Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que 
acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, 
a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la 
réplica tripartita del otro. 
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas 
rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. 
Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que 
algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros 
un domador o rastreador del departamento del Salto. 
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 
veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es 
natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me 
contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que 
había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que 
la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y 
él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de 
sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, 
puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, 
permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que 
burdamente recalcaba su condición de eterno  prisionero: una, inmóvil, con los ojos 
cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de 
santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio 
metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de 
Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia 
de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se 
propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse 
del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la 
que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del 
año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese 
mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y 
me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un 
diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". 
Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy 
perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, 
temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de 
Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el 
arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con 
plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio. 
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, 
porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el 
destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la 
contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación 
de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda 
posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo 
de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa 
noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche 
fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me 
recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara 
encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la 
vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una 
parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. 
Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso 
deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el 
patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme 
diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro 
vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras 
últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn. 
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. 
Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea 
del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del 
telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi 
relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese 
diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables 
ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo 
indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores 
se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche. 
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa 
registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su 
nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la 
justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; 
Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. 
Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes 
de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle 
su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) 
Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se 
olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el 
presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más 
antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le 
interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción 
y su memoria eran infalibles. 
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los 
vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes 
australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo 
con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las 
líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del 
Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a 
sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos 
los entre sueños. 
Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada 
reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo 
que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y 
también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi 
memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, 
un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo 
mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de 
ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las 
muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el 
cielo. 
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo 
no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble 
que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando 
todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y 
que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de 
Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido 
un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el 
veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía 
borrársele. 
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales 
requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. 
Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, 
decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros 
números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la 
caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada 
palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy 
complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era 
precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir 
tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" 
El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. 
Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa 
individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes 
proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado 
general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada 
árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. 
Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, 
que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de 
que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de 
la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez. Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los 
números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son 
insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el 
vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas 
generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro 
abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba 
que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro 
de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, 
lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el 
movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la 
corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la 
humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y 
casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con 
feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en 
sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable 
como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal 
sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de 
espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las 
casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos 
era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un 
tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, 
desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla 
homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en 
el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. 
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin 
embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es 
generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi 
inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra. 
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve 
años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce, 
más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada 
una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable 
memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles. 
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.  

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